Qué pasa con la democracia
La historia del Siglo XX y lo que va del XXI muestra la aparición recurrente de impaciencias, desilusiones y hasta reacciones negativas con relación a la Democracia. Provenientes de ambos extremos (y a veces, de posiciones más próximas al centro). El Fascismo, el Nazismo, el Comunismo son ejemplos paradigmáticos, como lo fueron las dictaduras latinoamericanas de los `50, a los `70. Hoy creemos que éstas son pesadillas irrepetibles. Sin embargo, hay ejemplos contemporáneos de "impaciencias" antidemocráticas y no son lejanos: Chávez, Morales, Correa, K & K...
Hasta en nuestro país hay ejemplos de posturas que no son precisamente de satisfacción por el funcionamiento del sistema democrático. Tanto las iniciativas de saltearse al Parlamento, cuando no cabrestea, para "consultar directamente al soberano", como el uso de mayorías monolíticas sin respeto por las minorías, son demostraciones de poca confianza en la Democracia. Por otro lado, es un hecho histórico que la humanidad ha vivido más tiempo sin democracia que con ella. De todo lo cual surgen interrogantes que vale la pena encarar.
1) ¿Cuáles son las causas de esas insatisfacciones o "impaciencias", recurrentes a lo largo de la historia? y 2) ¿Adónde nos llevan? ¿A tener que encarar modificaciones sustanciales a la Democracia? ¿A pensar en que cumplió su ciclo y que debemos imaginar un nuevo paradigma para la convivencia social? ¿Llegamos al fin de la Democracia?
Empecemos por el tema de las causas. Simplificando, las quejas suelen ser: a) la democracia permite o facilita y hasta prohíja, a sus enemigos (o sea, los míos) y b) la democracia no es eficiente, no produce los resultados que los tiempos exigen (generalmente económicos o sociales). Ambas quejas coinciden en que los defectos de la democracia son de oferta.
Mi tesis es que la raíz del tema es mucho más de demanda que de oferta. Dos causas confluyen para explicar las críticas: un crecimiento exponencial de expectativas, a lo largo de décadas, de difícil -cuando no imposible- satisfacción y el haber llegado a un punto en el que no distinguimos Democracia de Estado.
Porque Estado y Democracia no nacieron juntos y no son la misma cosa. El Estado precede históricamente a la Democracia, si bien, desde que ésta existe, ha funcionado con el Estado como soporte. Sólo que durante siglos, ese soporte fue muy reducido. Prácticamente hasta la Primera Guerra Mundial, los instrumentos estatales utilizados por las democracias se circunscribían a la defensa, la policía, el correo, las aduanas y poco más. Fueron las dos grandes guerras las que introdujeron dos órdenes de transformaciones fundamentales, que luego no pudieron ser revertidos. Por un lado la planificación, nacida del esfuerzo bélico y por el otro, la ampliación de los padrones electorales. Quienes habían sido juzgados aptos para morir por la patria reclamaban luego el derecho de votar y ser votados. La consecuencia de este segundo fenómeno fue una correlativa ampliación de las expectativas: las democracias liberales clásicas eran asunto de pocos y -obviamente- enfocaban las preocupaciones e intereses de esos pocos (vida, libertad, propiedad). En cambio, las nuevas capas sociales tenían preocupación por su trabajo, su jubilación, vivienda... etc.
Esa evolución afectó también a la institución central de la Democracia: el Parlamento. En sus orígenes una entidad existente fuera del gobierno, del lado de los ciudadanos, cuyo sentido no era legislar (de hecho, los primeros parlamentos no tenían facultades para hacerlo), sino proteger los derechos (fundamentales). Hoy, transformado en Poder Legislativo, parte del gobierno, colocado enfrente a los ciudadanos, con obligación de aprobar leyes para satisfacer sus siempre crecientes expectativas.
Esa evolución ha llevado a ampliar desmedidamente el espectro de expectativas (incluso a hacer de la exigencia el motor central del funcionamiento democrático). Como contrapartida, creció el ámbito de funcionamiento del Estado (de policía a regulador, productor, etc.) y con él, la complejidad en el funcionamiento de la democracia. Esto, a su vez provoca una asimilación, a los ojos de la gente, entre Estado y Democracia, no diferenciándose qué viene de uno y qué del otro y el alejamiento de ambos con respecto a la vida cotidiana: las decisiones se ven como cada vez más lejanas e incomprensibles. El espacio intermedio, antes ocupado por los políticos, tratando de articular, es ahora ocupado por las corporaciones. Resultantes: desencanto con la Democracia, impaciencia, rechazo, alejamiento de la política. ¿Qué se puede hacer?
Me parece muy difícil creer que el problema tenga solución por el lado de la oferta. No hay duda de que la eficiencia debe ser una preocupación constante para el mantenimiento de la Democracia, pero hace rato que el nivel de expectativas ha superado el límite de lo posible y no sólo en nuestro país. Debe hacerse un esfuerzo del lado de la demanda y por tres vías: 1) diciendo, con coraje y honestidad que todo, no se puede (y algo menos, probablemente tampoco); 2) explicando que Estado y Democracia no son la misma cosa y que no debe rechazarse a ésta por las deficiencias de aquél y 3) como lo anterior será de relativa efectividad, hay que retomar la tarea de reducir el Estado, para preservar la Democracia. ¿Neoliberalismo? No; prudencia, realismo y apego al régimen de vida democrático.
Escribo porque sé y porque me gusta. Me inspiro en la música y los versos. Más alla de todo eso, no puedo evitar estar vivo y abierto por dentro y por fuera, a la vida y a la muerte; a los demás especialmente a los humildes; atento a los malos, a los mentirosos y falsarios, que me inspiran una curiosidad irresistible, cerrado a cal y canto para los peores, del libertino al ladrón, del agiotista al torturador, del demagogo al adulón, del nazi fascista al cobarde, al ideologo del no te metás.
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