Los que te mataban dicen que eras feliz.
Dicen ellos que tus niños hambrientos fueron apenas una fatalidad.
Y dicen que aquellos niños que allá por el año 2002 comían pasto,
en realidad jugaban a vivir en una estancia.
A ser vacas jugaban, digo yo. A ser sobrevivientes de un naufragio de otros.
A hundirse junto con un barco al que nunca se habían subido.
Y dicen, los que te mataban, que esos niños ahora quieren volver a comer pasto.
Pero resulta que el gobierno, en lugar de darles una buena ración de pasto
les entrega computadoras, unas pequeñas computadoras de plástico
que solo sirven para que los niños se confundan y para que sus padres
y sus madres se confundan junto con ellos.
Ahora, con el Plan Ceibal, las familias están confundidas
y ya no se puede jugar a ser vaca en una estancia y tampoco se puede comer pasto.
Los que te postraron dicen que te gustaba.
Dicen ellos que el humo de tus chimeneas envenenaba el aire
y molestaba a los vecinos y era una agresión para el medio ambiente.
Y peor, dicen que eras un poco holgazán.
Ellos se preguntan para qué iban a ponerte a fabricar camisas,
gomas, vidrio, muebles, zapatos.
Para qué hacerte trabajar, razonan, si además no querías.
Dicen que esos productos los fabricaban otros,
y que los hacían mejores y más baratos.
Y ellos los importaban, y luego los vendían en lugares resplandecientes
y seguros, de lo más bonitos.
Sin humo, sin chimeneas y con grandes ganancias.
Por Fernando Butazzoni - Periodista
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